lunes, 30 de noviembre de 2015

Cantautoras y feminismo

Yo he crecido con el pop rock. Pero sobre todo, con el pop.

He sido de las que se levantaban con canciones pop y las escuchaban de camino al instituto; de las que bailaban pop y se enamoraban al son del pop.

El pop me ha alegrado la vida, me ha endulzado los madrugones, le ha puesto banda sonora a mis amistades y mis amoríos y sobre todo, a mi autoestima. El pop feminista es el que me ha mostrado la cara joven del feminismo, la informal, la que sigue a las sufragistas y continúa su legado enseñándonos a querernos a nosotras mismas. Sueño con chillar en algún concierto y me sé de memoria los estribillos más pegadizos.

Y no me da vergüenza. Lo popular no tiene por qué dar vergüenza. Lo adolescente, lo femenino, menos todavía. Pero este año he descubierto algo nuevo.

He descubierto a las cantautoras. He descubierto las canciones más lentas, los acordes de 
una guitarra que acompaña el corazón, las letras que casi rozan la poesía.

La Otra
Y este pasado domingo, en el concierto de La Otra en Valencia, descubrí también la cercanía de la imperfección. Descubrí que, cuando una se equivoca, tiene siempre derecho a volver a empezar. Que hay públicos que no solo perdonan sino que no encuentran ningún error que perdonar. Descubrí lo que en el pop no habría descubierto nunca.

Cuando comencé a escuchar cantautoras, al principio me daba una cierta rabia que no fuera todo redondo como acostumbraba a suceder con la música que yo escuchaba. De repente, las voces eran humanas, sin la tecnología de por medio decorándolas y corrigiéndolas. No había ruido de fondo construyendo melodías sintéticas de las que luego no conseguías deshacerte, y las voces se columpiaban en el aire sin mayor potencia que la de la garganta que las albergaba.

Pero poco a poco, me fui acostumbrando. Y empecé a apreciar la humanidad de esa música. Su proximidad. Parecía que la cantautora y yo fuéramos amigas, que cantara solo para mí, que me dedicara aquella canción. Parecía que yo misma pudiera ser como ella. Parecía un recordatorio de que todas, cantemos como cantemos, tenemos una voz y podemos usarla.

Y por eso, pienso yo, las cantautoras tienen algo que enseñarnos a las chicas adolescentes. Que tenemos voz. Que cualquiera puede coger una guitarra y cantarle a la revolución, a las pequeñas y enormes revoluciones de disolver los celos, de quererte un poco más a ti misma, de seguir caminando mientras puedas. Si el pop nos enseña que podemos hacer lo que nos propongamos, con sus canciones de amores de película y cargadas de sex appeal, las cantautoras nos explican cómo hacerlo.

Y es sencillo. Y está al alcance de nuestras manos.

Akelarre
Y eso, queridas, la voz de las mujeres y el que algunas la estén usando para animarnos a otras a alzar la nuestra, aunque sea con la necesidad de una melodía de fondo, me parece casi revolucionario.

Pero esto no ha sido lo único que me han enseñado las cantautoras. Las cantautoras me han enseñado también que no hace falta ser perfecta para cumplir tus sueños. Que no hacen falta trajes de infartos, focos ni escenarios; que tú sola, en tu casa y con una cámara y una guitarra, ya puedes llegar muy lejos. Las cantautoras me han enseñado algo que contradice todo lo que la sociedad lleva diciéndome desde que nací: que las mujeres, las chicas como yo, no tenemos por qué ser perfectas.

Que no nos hace falta ser perfectas para ser tan grandes como ellas.

Que no nos hace falta ser bellas para merecer ser escuchadas. Que tenemos derecho a equivocarnos, como se equivocó La Otra en su concierto, y a ninguna de sus espectadoras nos importó. Porque todas comprendimos, de repente (al menos yo), que aquella era la Muerte al guión.

Porque las cantautoras no tienen guión. Solo alma y corazón.

Y por eso, os recomiendo que, alguna vez, dejéis de lado vuestros gustos musicales habituales y les deis una oportunidad a mujeres, cantautoras tan grandes como La Otra. De las que te hacen cuestionarte hasta tu nombre, pero qué dulces, qué dulces que te saben las preguntas cuando las hacen sus bocas.


Porque ni somos perfectas, ni debemos, ni queremos serlo. Porque tenemos voz, y cuán, cuán imparables seremos cuando todas nos demos cuenta de ello.

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